Para combatir el olvido

 

La gente empezó a olvidar cosas pequeñas como un cepillo de dientes o un arete. Luego, el olvido se manifestó en cosas más grandes, como olvidar dónde habían dejado el auto. Volvían a casa, pero entonces olvidaban dónde vivían y terminaban viviendo en la casa de algún amigo hasta recordar. Con el tiempo, todo se agravó. Los olvidos se volvieron contagiosos y ocurrió la pandemia del olvido. Las calles se inundaron de gente que no recordaba nada de nada. Las ciudades se convirtieron en un laberinto de rostros vacíos y miradas perdidas. El mundo cayó en una profunda laguna mental.

Entonces, hubo que empezar de nuevo. Los más valientes comenzamos a nombrar las cosas: esto es un hombre, esto una mujer, esto es un árbol, esto es un pie, esto un lápiz, esto una hoja.

—Yo me llamo Juan.
—Yo soy Eva.
Fabricábamos recuerdos. Como no recordábamos nada, las primeras historias eran puro invento. Juan y yo caminábamos por calles desiertas, señalando cosas, dándoles nombres y creando historias. Cada objeto renombrado era un pequeño triunfo contra el olvido. Nos unimos a otros, fundamos comunidades. En ellas, alimentamos a los hambrientos de memoria. Cada vez somos más.
Esta historia es parte de ese proceso, de ese medicamento que hallamos para lidiar con el olvido. No te pido que me creas, te pido que confíes. La falta de fe es una forma del olvido.

©Por Sandro Centurión


Imagen de Joe en Pixabay

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