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Continuidad de la continuidad de los parques

 Los perros no debían ladrar y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. De espaldas a la puerta, de frente al parque, en su sillón de terciopelo verde Julio escribía un inocente cuento mientras su asesino subía las escaleras. Estaba escrito, lo matarían, allí, en su lugar favorito, rodeado de libros como había vivido su vida, ahora su sangre quedaría impresa para siempre en la alfombra. Sin embargo, en el preciso instante en que el cuchillo se elevaba por el aire para caer sobre el cuello de la víctima. Julio, conocedor de los vericuetos cuentísticos cerró la última idea sobre la página y tipeó el punto final que acabó con el asesino.

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