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Ese inexplicable amor enfermizo hacia los poderosos

 (o por qué Milei sigue gobernando)

Por Sandro Centurión

Hay preguntas que incomodan. Preguntas que no entran en un zócalo televisivo ni se resuelven con una estadística mentirosa. Una de ellas es esta: ¿Cómo puede ser que figuras que profesan el odio, el insulto y la destrucción del otro lleguen al poder —y no sólo lleguen— sino que se sostengan, se consoliden y sean aplaudidas con fervor por una porción enorme de la sociedad?

¿Qué pasa ahí? ¿Qué onda?

Podemos hablar de crisis económicas, de herencias malditas, de errores de la oposición, de fatiga social. Todo eso influye. Pero hay algo más, una cuestión un tanto más incómoda: el amor.

Obvio que no cualquier amor. No el solidario ni el compasivo. Hablo de ese amor enfermizo por el poder, por quien lo encarna con gesto firme y a los gritos. El poderoso no necesita ser bueno; necesita parecer fuerte. No necesita ser justo; necesita mostrarse decidido. Y si además humilla a su semejante, mejor porque eso da la ilusión de que está haciendo algo.

Los grupos de poder conocen este mecanismo desde siempre. Se trata de ofrecer un enemigo claramente identificable. Hacer simple lo complejo. Prometer orden y castigo en medio del caos. Señalar culpables. Organizar la frustración y la bronca de los desencantados. El amor viene después, casi solo. Porque el odio también es una forma de pertenencia.

Acordémonos que a Hitler lo amaron sus contemporáneos. No llegó por accidente ni por magia. Llegó porque millones lo votaron, lo celebraron, lo sintieron propio y pensaron que era el mejor camino posible, Encarnó la promesa de recuperación de una época de orgullos heridos y de identidades amenazadas. El amor al líder fue un fenómeno social, y hasta inevitable.

Nada de eso es nuevo. Y tampoco es exclusivamente europeo, alemán o de otra época.

Además esta esto otro: el argentino se enamora fácil, y seguido. Nos enamoramos de líderes como quien se enamora en verano; es un amor rápido, intenso, convencido de que esta vez es distinto. Nos enamoramos del que grita más fuerte, del que promete barrer con todo, del que se presenta como outsider aunque lleve años orbitando el poder. Y como todo amor nacido de la pasión, es un amor ciego. No evalúa, no compara, no calcula consecuencias. Exagera virtudes, minimiza defectos y convierte cualquier crítica en traición. El que cuestiona no debate: “no la ve”. La pasión política funciona como la pasión romántica: mientras dura, no hay argumento que alcance.

Nos pasó antes. Nos pasa ahora. Nos enamoramos con intensidad y luego nos desencantamos con la misma energía. Pero mientras dura el amor, el poder tiene vía libre. Porque el amor apasionado no pide rendición de cuentas; pide lealtad. No exige coherencia; exige fe.

Entonces, si la política se transforma en fe, el debate se vuelve herejía. al vez por eso Milei sigue gobernando. No sólo por los números ni por la torpeza ajena. Gobierna porque una parte de la sociedad no sólo lo vota: lo ama. Ama su irreverencia, ama su violencia verbal, ama su promesa de orden a cualquier precio. Y en ese amor hay algo más profundo que la adhesión ideológica, o patológica, hay identificación emocional.

La literatura siempre supo esto. En 1984, la emblemática novela distópica, George Orwell no ofrece un final heroico ni un levantamiento épico. Ofrece algo mucho más perturbador. Winston Smith, el protagonista, después de ser vigilado, quebrado y vaciado, no muere rebelde ni se convierte en mártir. Aprende y sobrevive. La novela termina con una frase breve, seca, definitiva:

“Amaba al Gran Hermano.”

No lo obedecía por miedo. No lo toleraba por resignación. Lo amaba. Ese es el triunfo absoluto del poder, cuando ya no necesita imponer nada porque logra que lo abracen. Cuando el sometido se identifica con quien lo somete. Cuando la víctima siente gratitud hacia el verdugo.

El problema no es sólo el líder de turno. El problema es cuando, como Winston al final de la novela, aprendemos a amar al opresor. Y en ese amor se nos va la vida, la propia y la de muchos otros.

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