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¿Sos o te hacés?

(Intento desesperado por comprender la era del “yo siento”)

La pregunta suena por lo menos incómoda, casi agresiva, pero recorre la onda de las discusiones actuales sobre identidad. Porque cuando alguien afirma “yo soy”, no sólo está expresando una vivencia interior, sino que además está formulando una demanda pública de reconocimiento, que se podría traducir en: "yo quiero que vos me consideres de esta manera". Y en ese tire y afloje entre el sentimiento privado y la validación colectiva aparece, inevitablemente, la sospecha.

No se trata de descalificar de antemano, aunque cada vez parece más difícil no hacerlo; tampoco es de buena gente censurar toda pregunta en nombre del respeto y la diversidad. En una cultura que está  hasta las manos de exhibición permanente, donde el yo se construye frente a cámaras y algoritmos, distinguir entre experiencia profunda y performance (actuación) para sumar likes se vuelve, al menos, una tarea legítima.

La idea de autopercepción tuvo, sin duda, en sus inicios, un impulso emancipador. Permitió cuestionar identidades impuestas y disputar clasificaciones que durante décadas estuvieron prohibidas. Sin embargo, si se la eleva a principio absoluto e indiscutible, corre el riesgo de transformarse en una forma sofisticada (por decirlo bonito) de clausura del debate.

El sociólogo Erving Goffman sostuvo que el yo no es una sustancia aislada, sino una puesta en escena situada en contextos específicos. No fingimos necesariamente, aunque sí representamos. Por su parte, Michel Foucault (otro ñato que sabía de lo hablaba) mostró que las identidades no emergen como esencias naturales, sino que se configuran en regímenes históricos de saber y poder. 

Al parecer, ahora la cuestión se desplazó hacia territorios todavía más difusos. El caso de los therians resulta paradigmático, ya que se trata de personas que sostienen que su identidad profunda corresponde a la de un animal no humano (valga la redundancia, aunque hay humanos más humanos que los humanos, pero ese es otro tema), que describen esa vivencia como constitutiva de su ser. No estamos, según quienes lo afirman (unos adolescentes enmascarados) ante un juego estético ni ante un disfraz simbólico, sino ante una experiencia interna persistente que demanda reconocimiento.

Aquí la pregunta “¿sos o te hacés?” deja de sonar burlona y empieza a adquirir densidad filosófica. Cuando la autopercepción tensiona incluso la noción compartida de especie, el problema ya no es únicamente cultural, sino ontológico (relativo al ser y la existencia). ¿Toda vivencia subjetiva debe traducirse en categoría social reconocida? ¿Existe algún criterio que delimite esa traducción o la mera intensidad del sentimiento alcanza como fundamento?.

No parece razonable ridiculizar experiencias ajenas (insisto cada vez es más difícil no hacerlo), tampoco parece prudente convertir toda afirmación identitaria y subjetiva en verdad indiscutible. El reconocimiento es intersubjetivo, lo cual implica que requiere validación recíproca dentro de marcos compartidos. La identidad no puede sostenerse únicamente en el espejo, ya que necesita una conversación con otros que, inevitablemente, pueden no coincidir (y ahí está el problema: ¿cómo coincides con alguien que se dice de otra especie?)

En Argentina conocemos debates intensos sobre identidad. La sanción de la Ley de Identidad de Género respondió a una historia concreta de exclusión y a un proceso deliberativo amplio, lo cual muestra que el reconocimiento jurídico no surge de una ocurrencia viral, sino de argumentaciones y disputas institucionales prolongadas. Ese antecedente permite distinguir entre ampliación de derechos fundada y afirmación identitaria sin mediación.

En un entorno gobernado por algoritmos que premian la singularidad extrema, la identidad se vuelve, con cierta facilidad, tontería y espectáculo. Cuanto más disruptiva la etiqueta, mayor visibilidad obtiene. Y en ese escenario, la pregunta por la autenticidad no siempre es un gesto reaccionario; a veces es simplemente una forma de pedir criterios.

Tal vez el problema no consista en que alguien diga “yo soy”, sino en que ese enunciado pretenda sustituir toda instancia de discusión, y hasta una negación explícita de un otro. Cuando el sentimiento individual se convierte en tribunal supremo, la identidad deja de ser diálogo y empieza a parecerse a un dogma.

Nos llevó siglos cuestionar identidades impuestas, por lo que resultaría paradójico que ahora instaláramos identidades inmunes a toda pregunta. Ampliar derechos fortalece la democracia, aunque convertir la autopercepción en autoridad incuestionable podría, quizá sin advertirlo, reproducir la lógica del absolutismo más obsceno y peligroso.

Porque, al fin y al cabo, la identidad no es sólo lo que uno afirma ser, sino también lo que está dispuesto a discutir con otros en un mundo compartido entre muchos otros.

Y entonces la pregunta vuelve, incómoda pero inevitable.

¿Sos? 

¿O te hacés?

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