¿La casa está en orden?
Por Sandro Centurión
Hay algunas frases que son significativas de la vida política argentina. Y cada tanto, vuelven a sonar como si fueran un deja vú. Una de las más persistentes es aquella que pronunció Raúl Alfonsín en medio de la crisis de Semana Santa de 1987, cuando aseguró que “la casa está en orden” mientras veíamos en la tele los levantamientos militares, y esa frase, que en su momento buscó calmar, también dejó flotando una pregunta que sigue vigente porque no se trata solo de orden sino de cómo se construye ese orden y a qué costo se sostiene.
Hoy, en la Argentina, la idea de orden ocupa el centro del discurso político, aunque aparece asociada a un programa económico de ajuste profundo, de reducción del Estado y de confrontación directa con distintos sectores sociales, y en ese marco el orden parece definirse más como disciplina que como consenso, lo cual abre una tensión inevitable con la noción de paz social que en democracia no debería ser solamente la ausencia de conflicto sino la posibilidad de abordarlo sin que se rompa el tejido colectivo.
Esa tensión se vuelve más evidente cuando el ajuste impacta de manera directa sobre amplios sectores de la población, y entonces el orden que se busca garantizar desde arriba empieza a encontrar resistencias desde abajo, porque la estabilidad económica puede ser un objetivo legítimo pero difícilmente sea suficiente si no viene acompañada de cierta percepción de justicia o de horizonte compartido, y en ese punto la política vuelve a ser un territorio de disputa por el sentido común.
La frase de Alfonsín, que en su contexto estaba cargada de fragilidad institucional, funcionaba como un cierre, como una forma de decir que el peligro inmediato había pasado, aunque con el tiempo también se la leyó como una simplificación de un conflicto más profundo que no había desaparecido del todo, y esa ambigüedad es la que resuena hoy cuando se invoca la idea de orden en un escenario distinto pero igualmente cargado de incertidumbre.
Porque si algo enseña la historia argentina es que el orden impuesto sin legitimidad social suele ser inestable, y que la paz social no se decreta sino que se construye en un equilibrio siempre precario entre expectativas, derechos y sacrificios, y en ese equilibrio la palabra política tiene un peso específico que no puede reducirse a consignas ni a eslóganes.
Entonces la pregunta vuelve como una interpelación concreta, porque decir que la casa está en orden implica suponer que hay un acuerdo básico sobre qué es la casa y quiénes la habitan, y también implica asumir que ese orden es percibido como tal por la mayoría, lo cual en el presente argentino aparece como una afirmación difícil de sostener sin matices.
Tal vez el problema no sea la búsqueda de orden en sí misma, porque toda sociedad necesita ciertas reglas para sostenerse, sino la forma en que ese orden se construye y se legitima, y en ese sentido la paz social no debería pensarse como un resultado automático de la estabilidad económica sino como una tarea política permanente que exige escucha, negociación y, sobre todo, reconocimiento del otro como parte de habitante ineludible de la misma casa.

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